“Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para dar comienzo a mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente.” David Copperfield, Charles Dickens.
Qué estupenda manera de empezar a hablar de uno mismo, no se me ocurriría otra mejor aunque no me es aplicable, ya que nací casi dos siglos después, un lunes a las dos de la madrugada e ignoro si grité o simplemente lloré y no sé si sonaba el reloj al unísono, lo que sí es cierto es que llegue cual búho de madrugada.
Se ajustaría más a la realidad si parafrease al bueno de Salustio: nobili genere natus, fui parua vi et animi et corporis, et (sed) ingenio malo pravoque. Sobre todo pravo.
Ví la luz en las miasmas de los 60. Me crié en esa España kitsch de los 70 y fui repelente niño Vicente en un colegio nacional mixto (cágate lorito) e incluso llegué a ser líder de la manada durante un tiempo, con ortodoncia del maxilar superior, pies planos, miopía galopante y caspa.
Mi adolescencia pasó durante la gran ficción de los 80. Aprendiz de ebanista, barnizador a tiempo parcial según los antiguos cánones, locutor y técnico de radio, imitador a tiempo completo, guitarrista a tres cuerdas a mano tonta, pintor de sótanos a brocha gorda, estudiante enamorado de la “inaccesible que derrocha simpatía” y wertheriano por gilipollas.
La primera mitad de los 90 me aportó el sexo compartido que siempre es más gratificante, el desconsuelo, el odio y el rencor, la poesía por fin entendida, el conocimiento puramente hedonista, y un titulo oficial en lenguas pardas (Dutu shi Kisnapilin uatenuun). La segunda mitad de los 90 me trajo el desasosiego, la especialización inútil, el sibaritismo, el Mar del Norte, y al fin la estabilidad pecuniaria.
De estos últimos nueve años no hablaré.
De momento no.
Se ajustaría más a la realidad si parafrease al bueno de Salustio: nobili genere natus, fui parua vi et animi et corporis, et (sed) ingenio malo pravoque. Sobre todo pravo.
Ví la luz en las miasmas de los 60. Me crié en esa España kitsch de los 70 y fui repelente niño Vicente en un colegio nacional mixto (cágate lorito) e incluso llegué a ser líder de la manada durante un tiempo, con ortodoncia del maxilar superior, pies planos, miopía galopante y caspa.
Mi adolescencia pasó durante la gran ficción de los 80. Aprendiz de ebanista, barnizador a tiempo parcial según los antiguos cánones, locutor y técnico de radio, imitador a tiempo completo, guitarrista a tres cuerdas a mano tonta, pintor de sótanos a brocha gorda, estudiante enamorado de la “inaccesible que derrocha simpatía” y wertheriano por gilipollas.
La primera mitad de los 90 me aportó el sexo compartido que siempre es más gratificante, el desconsuelo, el odio y el rencor, la poesía por fin entendida, el conocimiento puramente hedonista, y un titulo oficial en lenguas pardas (Dutu shi Kisnapilin uatenuun). La segunda mitad de los 90 me trajo el desasosiego, la especialización inútil, el sibaritismo, el Mar del Norte, y al fin la estabilidad pecuniaria.
De estos últimos nueve años no hablaré.
De momento no.
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